Cristóbal Cobo: “El concepto de nativos digitales fue muy nocivo”

El director del Centro de Estudios de Fundación Ceibal (Uruguay) estuvo en Buenos Aires para participar de la Semana de la Ciudadanía y la Alfabetización Digital. En diálogo con Eduprensa, repasa los resultados de la distribución de netbooks en las escuelas y anticipa las innovaciones educativas que vienen.

Cristóbal Cobo es doctor en Comunicación. Su último libro se titula "La innovación pendiente. Reflexiones (y provocaciones) sobre educación, tecnología y conocimiento".

Cristóbal Cobo es doctor en Comunicación, director del Centro de Estudios de Fundación Ceibal en Uruguay e investigador asociado de la Universidad de Oxford. El especialista chileno estuvo en Buenos Aires para participar de la tercera edición de la Semana de la Ciudadanía y la Alfabetización Digital, organizada por la ONG Chicos.net con el apoyo de Save the Children, el Centro Cultural de la Ciencia y el Ministerio de Educación de la Nación. En su visita, habló con Eduprensa sobre los resultados de la distribución de netbooks en la escuela, el futuro de las tecnologías educativas y la redefinición del concepto de ciudadanía en la era digital.

–¿Cómo definís la ciudadanía digital?

–Cuando entró la tecnología digital en la escuela, hicimos la distinción entre el aprendizaje cara a cara y el e-learning. Hoy esa distinción está cada vez más obsoleta, porque el aprendizaje es cada vez más blended, más híbrido. Yo aprendo en clase con lo que dice el docente, luego vemos un video, te lo mando por Whatsapp y tú me recomiendas otra cosa. ¿Qué es lo digital y lo analógico? Con el concepto de ciudadanía digital pasa algo parecido. Lo que está pasando en Cataluña, donde la ciudadanía se organizó por las redes sociales, salió a la calle y generó una “Cataluña digital”, es un ejemplo de la interdependencia entre estos espacios. La ciudadanía digital requiere ser capaz de identificar problemas relevantes a nivel local y global (como las Metas del Milenio o los Objetivos de Desarrollo Sostenible), y buscar modos de poner Internet al servicio de esos problemas que nos preocupan a todos. La ciudadanía digital supone que ya se cuenta con un capital tecnológico básico, y se lo pone al servicio de problemas sociales o ambientales, que no distinguen entre lo analógico y lo digital. Una ciudadanía digital avanzada es resultado de una persona que tuvo las oportunidades de apropiarse y desarrollar una alfabetización digital más compleja, que no se limita al dominio de las teclas sino de las ideas, como dice Paul Gilster.

“La ciudadanía digital requiere ser capaz de identificar problemas relevantes a nivel local y global, y buscar modos de poner Internet al servicio de esos problemas que nos preocupan a todos.”

–El ciberbullying, la intolerancia y el grooming ocupan un lugar central en los debates actuales sobre redes sociales. ¿Hasta qué punto las “nuevas” tecnologías pueden contribuir a la construcción de ciudadanía?

–Internet cambió radicalmente desde 1994 hasta hoy. Si no enseñamos a los niños a cuidarse, quedan en una situación de exposición preocupante. La pregunta es cómo le damos a la comunidad elementos para jugar con estas nuevas reglas. Entonces, hablar de ciudadanía digital es fundamental. En Uruguay, junto con el Instituto DQ (en inglés, Coeficiente Digital) vamos a evaluar qué tan diestros son los niños de 8 a 12 años frente a estos temas: cómo regulan el tiempo en pantalla, cómo administran su huella digital, cómo construyen su identidad digital, cómo se enfrentan a situaciones de ciberbullying, a quién le piden orientación.

Pero creo que es un error plantearlo solamente desde la perspectiva negativa; es mucho más preocupante no aprender a sacar provecho de Internet. Hay un libro muy bueno, Worried about the wrong things (de Jacqueline Ryan Vickery) que sugiere que, si el ciberbullying y el sexting se llevan toda la discusión, estamos mirando una porción muy chiquita. Hay muchas otras cosas buenas que debemos estimular y aprovechar.

Cobo vino a Buenos Aires para participar de la tercera edición de la Semana de la Ciudadanía y la Alfabetización Digital.

–El Plan Ceibal de Uruguay fue pionero en la distribución de netbooks en el aula, y funcionó como modelo para Conectar Igualdad en Argentina. ¿Cómo cambió el enfoque desde el lanzamiento hasta hoy, diez años después?

–Entre 2007 y 2015 empiezan a aparecer gran cantidad de investigaciones a nivel internacional que muestran que la disposición masiva de tecnologías no genera cambios en los procesos de aprendizaje. Ni en Uruguay, ni en la OCDE, ni en la Unión Europea. De manera consistente, las investigaciones muestran que solo con la dimensión tecnológica no hay cambio en las prácticas. En el proceso de aprendizaje hay un montón de otros factores que no están resueltos con la disposición de tecnología: la manera de enseñar y de evaluar, el uso de los tiempos y los espacios, la motivación, las relaciones; factores que, en muchos de estos estudios, no fueron considerados. Entonces se empieza a decir: “Los niños hoy en día no tienen mejores desempeños que hace 5 u 8 años”. Y se concluye: “Las tecnologías no sirven de nada”.

“Si el ciberbullying y el sexting se llevan toda la discusión, estamos mirando una porción muy chiquita. Hay muchas otras cosas buenas que debemos estimular y aprovechar.”

Pero es más complejo. Ceibal cambió el énfasis y la tecnología también cambió su valor, porque la netbook de 2007 en Uruguay o en Argentina fue, en muchos casos, el primer dispositivo tecnológico que entró a las familias de clase media baja. Hoy en día eso es radicalmente distinto: el uso del teléfono en las relaciones profesionales, familiares y sociales juega un papel distinto. La disposición de tecnología en 2017 es muy diferente que en 2007. Hoy aparece el concepto de bring your own device: la gente trae sus dispositivos al proceso de aprendizaje.

En segundo lugar, a pesar de que hay destreza en el uso de los dispositivos, eso no necesariamente implica un uso pedagógicamente relevante. Si yo paso de dictar en papel a dictar en Google Drive, no hay una transformación pedagógica: se replican lógicas analógicas en espacios digitales. Mientras que los usos de mayor transformación son aquellos en los que el sujeto que aprende también enseña, la división entre disciplinas es más difusa, la distinción entre aprendizaje formal e informal es menos evidente, se adquiere la capacidad de construir conocimiento y no solo procesar información.

–Recientemente hubo una polémica en Uruguay porque se publicaron informes que elogiaron y otros que criticaron los resultados de Ceibal. ¿Qué balance hacen ustedes?

–Bajo la pregunta de “sirven o no sirven las tecnologías” se hicieron una serie de evaluaciones, por ejemplo de la plataforma educativa de Matemática (PAM), una plataforma adaptativa que, si tus respuestas están bien, te pone ejercicios más difíciles. El Banco Mundial publicó hace poco un reporte titulado Aprender para hacer realidad la promesa de la educación, donde cita un estudio que hace referencia al Plan Ceibal en sus primeros días, entre 2007 y 2009, cuando estaba en una fase muy temprana. Esa investigación muestra que no hay cambios sustantivos, y sale citada en un reporte de 2017. Entonces todos los periódicos de Uruguay publicaron: “El Plan Ceibal no sirve de nada”. Pero otro estudio que replicó la misma metodología con datos más recientes, del 2013 al 2016, encontró que los chicos que usan la plataforma PAM para aprender Matemática mejoran en su desempeño en comparación con Lengua, donde no utilizan la plataforma. Especialmente en niños de contextos bajos, y cuando hay una contribución docente. Los dos estudios salieron en simultáneo.

“La destreza en el uso de los dispositivos no necesariamente implica un uso pedagógicamente relevante. Si yo paso de dictar en papel a dictar en Google Drive, no hay una transformación pedagógica: se replican lógicas analógicas en espacios digitales.”

Ahora bien: el tema de fondo no es la disposición de la tecnología, sino en qué dinámicas entra, si suma a la práctica docente o genera una carga adicional. Por otra parte, muchos de los procesos de aprendizaje quedan fuera del radar de una evaluación de matemática. Si un niño de contexto socioeconómico bajo, que tiene un papá que no sabe leer ni escribir, ahora puede hacer un video de la misma calidad que el de un chico de un contexto más acomodado, eso tiene un valor enorme en autoestima, que no va a salir en una evaluación. La cuestión es qué transformación se está generando esto dentro del espacio curricular y fuera.

–¿Hasta qué punto sigue siendo válida la categoría de “nativos digitales”, que supone que los alumnos conocen las nuevas tecnologías mejor que los docentes?

–En 2001 Marc Prensky crea esta taxonomía de nativos e inmigrantes digitales. Nativos son los que nacieron en un contexto digital y lo manejan como si se tratara de su lengua materna; los inmigrantes, en cambio, tienen que aprender a moverse en él como si incorporaran una segunda lengua, y siempre se les nota un poco el acento. Pero cuando se empezaron a hacer pruebas para medir cómo los “nativos” jerarquizan la información, cómo buscan en la Web, cómo son sus mapas mentales de Internet, los resultados fueron tremendamente pobres. Es decir, un niño que pasa el dedo por el iPad no necesariamente tendrá mayor criterio informacional. La destreza en la interacción no tiene nada que ver con la capacidad cognitiva en relación con la información.

“Si un niño de un contexto socioeconómico bajo, cuyo papá no sabe leer ni escribir, ahora puede hacer un video de la misma calidad que el de un chico de un contexto acomodado, eso tiene un valor enorme en autoestima, que no va a salir en una evaluación.”

A partir de estas investigaciones, se cae a pedazos el concepto de nativos digitales. Pero quedó instaladísimo en la cultura docente. Esta taxonomía es muy nociva porque se entiende que los niños son los diestros y los viejos somos los tontos, y entonces ahí no hay ninguna pelea que dar. Evidentemente los niños son muy hábiles en algunas cosas, yo creo que pueden jugar un papel fundamental en enriquecer la dinámica de aprendizaje, pero el docente tiene mucho más desarrollada la capacidad de discriminar entre información basura e información confiable. Ahí puede haber un intercambio generacional buenísimo. Creo que la categoría de nativos digitales no ayudó, porque los adultos sienten culpa de no saber utilizar la tecnología.

–¿Cuáles son las “innovaciones pendientes” que podemos esperar a futuro?

–Hoy la tecnología que tenemos es como una Ferrari con ruedas de madera. Tenemos enormes posibilidades que están subutilizadas por una estructura y un sistema que no necesariamente premia y promueve la innovación. En lo tecnológico, yo creo que vamos hacia el uso de Big Data, learning analytics e inteligencia artificial, que ya están ayudando a construir patrones predictivos de cuándo los niños están en riesgo de dejar el sistema educativo, así como identificar cuáles son sus estilos de aprendizaje, o cuáles son las maneras de enseñar de los docentes. Son las herramientas que usa Netflix para identificar qué película te puede gustar, o las que usa Spotify. Y ya se están aplicando en educación, lo que permite avanzar hacia mayores oportunidades de personalización. Creo que esa es una promesa pendiente en educación.

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