De profesor “clandestino” a doctor honoris causa

Daniel Córdoba creó hace 27 años el taller “Física al alcance de todos”, que convoca todos los sábados a 230 alumnos de Salta capital y sus alrededores. Por su trabajo de promoción de las vocaciones científicas, acaba de recibir el máximo reconocimiento académico de la Universidad Nacional de Salta: la misma que, hace 23 años, había prohibido su taller.

En el drama, la peripecia es un cambio de suerte, una inversión de la situación del protagonista, generalmente como consecuencia de un imprevisto que modifica el estado de las cosas. Esta inversión define la estructura de muchos relatos clásicos: la historia de la Cenicienta, por ejemplo, puede resumirse a partir de la peripecia de la heroína –de sirvienta a princesa–. Una vieja comedia protagonizada por Eddie Murphy, De mendigo a millonario (1983), resumía en su título otra peripecia positiva. La de Daniel Córdoba se inscribe en este tipo de historias: pasó de profesor “clandestino” de Física, a Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Salta (la misma institución que, hace 23 años, había decidido cerrar su taller “Física al alcance de todos”, abierto a la comunidad, por considerarlo “elitista”).

Desde 1991, “Física al alcance de todos” logra convocar todos los sábados a 230 alumnos de Salta capital y sus alrededores: todos ellos, jóvenes contagiados de la pasión por la Física. Durante años, el taller de los sábados creado por Daniel fue “clandestino”, sostenido sin el apoyo de las autoridades –y sin pedir permiso– en un aula de Universidad Nacional de Salta (UNSa). Recién desde hace 4 años Daniel cobra por esas clases de los sábados. Y a fines del año pasado, el profe Córdoba recibió el máximo reconocimiento que puede entregar una universidad, por “el impacto de sus actividades en los adolescentes y jóvenes salteños”.

La iniciativa arrancó como una actividad de extensión del Instituto de Educación Media de la UNSa. En 1995, los directivos decidieron cerrarlo, aunque –en palabras de Daniel– el taller un espacio donde los alumnos se “reciclaban”: “La mayoría eran chicos que pasaban de estado gaseoso a sólido, sin escalas intermedias, en lo que se refiere a estudios y logros”. Al encontrarse con la Física fuera del espacio escolar, los estudiantes lograban conectarse con la disciplina desde su curiosidad: ahí radica una de las claves del éxito del taller.

Todos los sábados Daniel iba a jugar al fútbol al predio de la Universidad. Un día se dio cuenta de que no pedía permiso para usar las canchas; los sábados había solo dos serenos. Entonces se le ocurrió que, si nadie pedía autorización para usar las canchas de fútbol, también podría utilizar las aulas sin pedir permiso, y eso hizo: se instaló con su taller, solo con la autorización de los padres.

“Comencé con dos estudiantes. A veces no venía nadie, pero paulatinamente el taller clandestino fue creciendo, ya no con alumnos del Instituto, sino de otras escuelas”, contó el profe Córdoba, que ya había sido designado “Ciudadano destacado” de Salta por su trabajo ad honorem en el taller. Con el tiempo, la matrícula se multiplicó por 100, el taller consiguió presupuesto propio, y Daniel fue reclutando colaboradores entre sus mejores alumnos.

Desde hace años, el taller es noticia en Salta porque sus alumnos han llegado a copar el prestigioso Instituto Balseiro de Bariloche. Investigadores de la Universidad Complutense de Madrid ya están estudiando el fenómeno para una tesis doctoral: ¿cuál es la receta mágica que logra que 200 jóvenes salteños madruguen todos los sábados para estudiar Física de manera extra curricular?

“A diferencia de la escuela, yo no tengo un público cautivo. Sé que las clases tienen que enganchar; si no, el sábado siguiente los chicos no vuelven”, señaló Daniel. La base de su credo: “Aprender es un acto emocional. Requiere lidiar con las emociones, con el no me sale y el no entiendo. Aprender ciencia te exige andar con un problema no resuelto en la cabeza y saber esperar el ¡eureka!”.

“Jamás me imaginé esto, que por supuesto me honra”, escribió Daniel luego de recibir el Doctorado Honoris Causa. “Nunca busqué reconocimientos: cuando vinieron, lo hicieron desde fuera y la Universidad no tuvo más remedio que acoplarse más tarde a hacer lo mismo. Todavía me cuesta creer que el curso, hoy multipremiado, por muchos años fue clandestino. Casi me matan cuando se enteraron de que llenaba un anfiteatro con chicos que venían de todas partes para un curso no oficial, no aprobado por nadie, porque estaba prohibido”, recordó.  Y agregó: “Lo que me salvó allí fue un premio que me otorgó el entonces ministro de Educación Alberto Sileoni por la promoción de vocaciones en ciencia y técnica”.

A modo de balance provisorio de estos 27 años, Daniel reflexionó: “Hoy solo sé que valió la pena arriesgarme a hacer las cosas de una manera distinta y convivir con una institución que no se bancaba las conductas disruptivas. Solo hice y hago aquello que me hace cantar el corazón, que me costó muchos problemas por hackear escritorios de funcionarios. Pero lo volvería a hacer una y otra vez”.

9 Comments

  1. Me pone contento por el logro alcanzado. Yo, que le conozco por algunas charlas en san pedro, se de su vocacion por la enseñanza de la fisica.

  2. Felicitaciones a Daniel en primer lugar por su compromiso incondicional con el SABER de verdad. En segundo lugar a la universidad que logró sacudirse sus prejuicios y decidió renocer el invalorable trabajo a favor de las nuevas generaciones.

  3. Es un motivador !
    Los chicos (secundarios) se enganchan y llegan a tener premios a nivel nacional.
    Luego, acceden a las universidades tecnológicas del país, algunos con becas.
    Espero que éste reconocimiento, un poco tardío, le de fuerzas para seguir adelante, después de superar un año complicado de salud.
    FUERZA !

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