Escuelas agropecuarias: arriesgarse a mirar “tranqueras afuera”

La educación agropecuaria debe reorientarse hacia la demanda del sistema productivo actual, reconociendo los nuevos oficios y profesiones y las nuevas herramientas tecnológicas. Si no, corre el riesgo de empezar a perder matrícula.

Instituto Agrotécnico "Línea Cuchilla" de Ruiz de Montoya, Misiones. Foto: FEDIAP

En estos tiempos, cuando términos como “biotecnología”, “eficiencia productiva”, etc. ya se han convertido en paradigmas de uso extendido, la Educación Agropecuaria –que no es ni debe ser ajena a lo cotidiano– debería comenzar a re-analizar su perfil, a re-pensarse como oferta educativa de calidad en función del presente.

Si bien es cierto que la relación del sistema educativo con la comunidad está basada en la oferta y no en la demanda (por utilizar una terminología más cercana al mundo de la economía que al mundo de lo educativo), la modalidad de la Educación Agropecuaria es una de las más expuestas a quedar en franca desventaja con el sistema productivo para el cual, se supone, forma hombres y mujeres calificados.

No solo la brecha entre la tecnología utilizada en la empresa agropecuaria y la Escuela se ha ensanchado en este último tiempo sino que, además, han comenzado a demandarse (producto de un sinnúmero de razones) nuevos oficios y profesiones que, hoy por hoy, la Educación Agropecuaria no ha tomado en cuenta. Es fundamental poder analizar si está en condiciones de generar ofertas educativas para capacitar a jóvenes o para reconvertir a adultos en función de estas demandas.

La modalidad de la Educación Agropecuaria es una de las más expuestas a quedar en franca desventaja con el sistema productivo para el cual, se supone, forma hombres y mujeres calificados.

Algunas de estas profesiones y oficios están relacionados con la misma producción (mandos medios con conocimientos en el manejo de nuevas tecnologías de producción y/o control, buenas prácticas…), o referidos a alternativas productivas (como la gestión de pymes agropecuarias, microemprendimientos, agroecología, agricultura por ambiente, etc.), o son relativos al medio rural, que, si bien gira en torno a la producción agropecuaria, necesita de otras estructuras laborales que servirían para que las comunidades puedan desarrollarse y no continúen siendo ámbitos expulsivos de jóvenes.

Los modelos mentales dentro de las escuelas poco han cambiado. Pareciera como si todos estuviesen cómodos con el rol que les han asignado. La producción agropecuaria requiere cada vez menos mano de obra y más emprendedores, pero eso no se avizora como prioridad. Las carreras universitarias que tienen que ver con el ámbito de la producción (Ingeniería Agronómica, Veterinaria, Forestación, etc.), en la inmensa mayoría de los casos, tienen más alumnos que provienen de la ciudad que egresados de las Escuelas de Enseñanza Agraria… pero nadie se pregunta por qué.

Si hiciésemos un promedio de 15 (en muchos casos son más) egresados por año por escuela, y tomáramos las 400 Escuelas Agrarias en el país (que son unas cuantas más), tendríamos unos 6.000 egresados anualmente desde la Enseñanza Agropecuaria “formal” (sin contar la Formación Profesional y otros cursos cortos y medianos).

Los modelos mentales dentro de las escuelas poco han cambiado. La producción agropecuaria requiere cada vez menos mano de obra y más emprendedores, pero eso no se avizora como prioridad.

¿Adónde van esos 6.000 jóvenes? ¿Son todos hijos de agricultores? ¿Todos ingresan a un escalón superior de estudios, sea terciario o universitario? ¿Todos consiguen trabajo de inmediato en el sector de la producción o en sus actividades conexas? Muchas preguntas y pocas certezas.

No sería arriesgado plantear que, si en los próximos años al menos el 20% de las Escuelas de Enseñanza Agropecuaria no se arriesgan a mirar “tranqueras afueras”, no comienzan a virar su abordaje y dejan de trabajar desde su oferta y empiezan a escuchar la demanda, las décadas por venir nos mostrarán una merma importante de instituciones que se habrán quedado vacías: primero de sentido, luego de alumnos.

Este panorama no se revierte de un día para el otro, o con la simple intención de cambiar por cambiar nomás, y es cierto que muchas veces lo externo condiciona más que lo interno. Pero arriesgarse aunque más no sea a intentar analizar lo que el medio y la producción están demandando, sería ya un buen síntoma.

Si en los próximos años las escuelas agropecuarias no dejan de trabajar desde su oferta y empiezan a escuchar la demanda, las décadas por venir nos mostrarán una merma importante de instituciones que se habrán quedado vacías de sentido y de alumnos.

El otro gran tema es que muchos, para no analizar seriamente lo que viene sucediendo, colocan por delante un cuestionamiento que viene produciendo debates históricamente estériles y sin sentido: si la Escuela de Enseñanza Agropecuaria es Escuela o es Empresa.

La dicotomía presentada es falsa… sin embargo, se la sigue discutiendo y en ello se nos está yendo la vida.

Lástima que cuando nos demos cuenta de que el dilema no es tal, para algunos ya será tarde: son los que hoy piensan que intentar el cambio sería perder identidad y no se dan cuenta de que, de no cambiar, irremediablemente comenzarán a perder matrícula, con toda la carga que esto conlleva.

1 Comment

  1. Estimado Juan Carlos: ojalá muchos más se interesaran por el tema y así nos enriqueceríamos todos, en ese sentido admiro tu labor y lo sabés, no obstante me permito discrepar con tu mirada por razones que excederían por mucho un comentario o mi pobre capacidad de síntesis. Lamentablemente seguimos (hoy mas que nunca) con el modelo agroexportador que históricamente trajo riqueza a las arcas del Estado y pobreza a las mayorías trabajadoras. La demanda del sistema productivo que te inquieta te la adelanto: “mano de obra barata” si, así de simple, y no creo que escuchar la demanda resuelva nuestros problemas, pero comparto en que no hemos cambiado nuestros modelos mentales y aun hoy veo escuelas que están con la misma huerta y conejos de hace 50 años, que no tiene nade de malo en si mismo, pero no nos muestra como agentes de cambio a los educadores agrarios como Vos y Yo. Claro que mirar tranqueras afuera es importante, pero para mirar mas allá del mercado cuya lógica es bien conocida, personalmente creo que un modelo agroindustrial para nuestros colegios, resultaría mas consistente por muchas razones, primero que transformar nuestras materias primas no es un desafío menor desde el proceso de enseñanza aprendizaje que no debemos perder, y segundo que el mensaje, si querés de “mercado” es superador por cuanto las materias primas (a excepción de los comodities) no cotizan y el producto terminado si.- Queda mucho que hoy despierta interés como lo orgánico que también lo vemos pasar,entre otros aspectos,en fin, entiendo que los programas de nuestras queridas escuelas agrarias están un poco desactualizados, y nuestra participación en políticas públicas es baja, y en esto te reconozco como excepción.Vivimos en un mundo donde sobra alimento y los desnutridos hambrientos y malcomidos aumentan, no es raro? Es el oxímoron que nos toca vivir tal vez a quienes nos interesa la educación y la producción de alimentos. Abrazo grande y hasta siempre.-

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