Federico Lorenz: Al rescate de la épica y la empatía en el aula

Profesor e historiador del Conicet, Lorenz acaba de publicar "Elogio de la docencia" (Paidós). En esta entrevista retoma algunas de las ideas centrales del libro: la docencia como una tarea artesanal, la necesidad de cuestionar la idea de que vivimos en un presente inmodificable, y el deber generacional de los adultos de construir un país mejor para los que vienen.

FOTO: Paidós

Federico Lorenz es historiador, investigador del Conicet y profesor de Historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Se especializó en Malvinas y, entre 2016 y 2018, fue director del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Acaba de publicar Elogio de la docencia. Cómo mantener viva la llama (Paidós), un libro que surge de la reflexión sobre sus 25 años de experiencia docente. El disparador de la escritura fue la postulación del autor al cargo de rector del CNBA: aunque el puesto quedó en manos de otra persona, la apuesta de Lorenz se plasmó en un libro que, como su título lo indica, invita a reconectarse con la pasión de enseñar y a mantener viva la llama de la “épica” docente, sin ingenuidad pero sin bajar los brazos.

–El texto insiste en el concepto de la enseñanza como una épica. ¿En qué sentido la entendés?

–Creo que en un contexto tan hostil como este, si vos no creés que tu trabajo es útil, no lo vas a poder hacer. Porque todo apunta a desmentir lo que nosotros enseñamos, des la materia que des. Vos les estás enseñando a los chicos que las cosas llevan tiempo y, miren adonde miren, los ejemplos de “lo exitoso” tienen que ver con la inmediatez. Vos estás hablando de la construcción colectiva, y lo que ven por todos lados son salidas individuales. A ese tipo de épica me refiero: a trabajar para una sociedad que yo no voy a ver. La épica de imaginar un futuro, de creer que lo que estoy haciendo suma para que en algún momento el mundo sea mejor. Puede sonar ingenuo, pero es lo que creo.

–¿Cómo se mantiene viva esa épica frente al desgaste del prestigio social de la docencia?

–Hay docentes que con su forma de trabajo, con su forma de reconocer a los chicos y las chicas, los empoderan, los hacen tomar conciencia de su poder, de que son actores históricos. Creo que ese es el trabajo hoy. Está todo hecho para que abandones. Ahí está la épica: se juega en los 90 minutos. Mientras tanto, te están haciendo creer que el partido ya terminó, que te prestaron la pelota para que pavees un rato en la cancha. Para mí no es así, tal vez porque soy profesor de Historia. Las cosas no siempre fueron así. Hay cantidad de ejemplos históricos de que los hombres y las mujeres han podido cambiar su realidad para mejor.

“Si vos no creés que tu trabajo es útil, no lo vas a poder hacer. Porque todo apunta a desmentir lo que nosotros enseñamos, des la materia que des. Vos les estás enseñando a los chicos que las cosas llevan tiempo y, miren adonde miren, los ejemplos de ‘lo exitoso’ tienen que ver con la inmediatez”

–También hacés hincapié en la empatía. ¿Cuál es su importancia?

–La empatía tiene dos momentos: un momento de exponerse, estar dispuesto a que la propia vida entre al aula. Un aula no es un lugar aséptico. Hay que volverla lo más humana posible. Eso implica exponerse, que no quiere decir llegar y contarle tus problemas al chico. Quiere decir entender que en el aula estás expuesto a situaciones humanas, que implican buen y mal humor, agrado y desagrado, acuerdo y desacuerdo. Los adolescentes con los que estás compartiendo el espacio pasan por las mismas cosas. Eso te obliga a repensar tu trabajo. Si vos querés ser eficaz en esa tarea a la que le ponés todo tu deseo, tenés que estar dispuesto a cambiar. La única manera es intentar ponerte en el lugar del otro.

–El libro habla de la necesidad de restablecer una “escala humana” en el aula. ¿Podrías desarrollar esta noción?

–Es reinstalar la idea de que el conocimiento, las relaciones humanas y los cambios sociales llevan tiempo. Hoy el discurso hegemónico se basa en lo instantáneo. Pero nosotros somos parte de un proceso que lleva siglos de acumulación, y tenemos una responsabilidad en esa tarea. Para poder modificar las cosas, las tengo que traer a mi medida.

Hoy la información abunda. Pero eso no quiere decir que tengas herramientas conceptuales para operar con eso. Ese es el trabajo del docente: convertir la información en instrumento para modificar la realidad. La realidad se puede modificar, pero si la traés a tu escala.

–En el libro planteás que la “escala humana” tiene dos enemigos: el presentismo y la posverdad.

–Como dice Carlo Guinzburg: yo no soy de los que escriben la palabra verdad entre comillas. El gran enemigo es el relativismo. Nosotros tenemos que enseñar que nunca hay que renunciar a buscar la verdad, lo cual no quiere decir que la vayas a encontrar. La aproximación a esa verdad se parece mucho a una proyección de sociedad, a una utopía. Por eso yo también empiezo el libro diciendo que escribo en tiempos de derrota. ¿Derrota de qué? En una sociedad que es siempre presente, donde todo es relativo, la derrota parece no importar. Pero resulta que la derrota tiene sometida a la mayor parte de mi pueblo, en cuanto a condiciones materiales y culturales. La empatía en el aula también tiene que ver con lo que los chicos van a hacer fuera de la escuela. Van a mirar a su alrededor, se van a indignar. O serán responsables cuando decidan no indignarse y pasar de largo.

–A veces se plantea una tensión entre hacer el aula más permeable a la cultura hegemónica (y, por ejemplo, pasarles a los alumnos videos cortos para que no se aburran), o pensarla más bien como un espacio contracultural, en el que haya que leer y concentrarse y pensar.

–Nosotros estamos viviendo un momento de crisis cultural, de cambio de paradigma muy grande a nivel mundial. El aula tiene el potencial de que es un espacio socialmente legitimado para que las generaciones se encuentren. Ahí los nuevos y los viejos, como diría Hannah Arendt, conviven. Entonces, potencialmente, es un espacio formidable para construir, si vos permitís que sea permeable a los cambios. Ser permeable a los cambios no quiere decir flotar como un corcho, sino reconocer lo que está pasando. Un ejemplo son los celulares. Cuando yo empecé a dar clases, el acontecimiento era tener un aula de video y conseguir el VHS o grabarlo de la tele para poder ver una película. Hoy basta que uno haga referencia a una película para que, al instante, la mitad de los chicos la hayan googleado en el celular.

Entonces: ¿cómo transformo eso en instrumento y no en condicionante? Asumiendo que ese vínculo con la virtualidad te genera una tensión con la necesidad de escala humana. Porque la virtualidad rompe la noción de tiempo y espacio. Y los cambios históricos suceden en tiempo y espacio. La noción de realidad inmodificable tiene que ver con que da lo mismo que algo haya sido ayer, hoy, o vaya a ser mañana. Yo no estoy proponiendo un ludismo bobo como el de los destructores de máquinas cuando empezaba la Revolución Industrial. Lo que digo es que desarrollemos herramientas críticas. No cerremos estas nuevas posibilidades, pero tengamos el control de los instrumentos.

“La empatía en el aula también tiene que ver con lo que los chicos van a hacer fuera de la escuela. Van a mirar a su alrededor, se van a indignar. O serán responsables cuando decidan no indignarse y pasar de largo”

–Otra idea central en el texto tiene que ver con la tarea de hacer que los alumnos descubran sus capacidades.

–Es lo que hicieron conmigo los profesores que yo he tenido. Los profesores que uno más recuerda son personas que te hicieron sentir capaz. Un profe al que le leíste con mucha vergüenza algo que habías escrito y te trató como si fueras Borges. Pero no mintiéndote, sino reconociendo en vos el valor de dar ese salto de expresar una idea propia. Yo creo que quien es consciente de su capacidad cambia el mundo a su escala. Hay una frase de Goethe que –palabras más, palabras menos– dice lo siguiente: el que en tiempos inciertos tiene una certeza, cambia el mundo. Nosotros estamos viviendo en tiempos muy inciertos. Entonces al menos tenemos la responsabilidad, como adultos, de construir junto con los alumnos esa certeza de la capacidad de agencia.

–Preferís hablar de “oficio” más que de “profesión” docente. ¿Qué implica rescatar esta dimensión artesanal de la tarea docente?

–Cada pieza del artesano es única. Los chicos no son todos iguales, no hay dos cursos ni dos profesores iguales. Muchas veces cuando estoy escribiendo o trabajando, la asociación con los artesanos es automática: es gente que se toma su tiempo para reconocer las posibilidades o no de una materia prima, de imaginar la forma que le va a dar a esa materia. Creo que ese es el trabajo: ser capaces de decidir qué forma le queremos dar al mundo que nos toca. Eso excede el programa de la materia que uno dé. Me parece que lo profesional, en un mundo mercantilizado como el actual, hace que se valorice la actualización permanente, pero que se le preste bastante menos atención al sentido de lo que hago.

“Los profesores que uno más recuerda son personas que te hicieron sentir capaz. Un profe al que le leíste con mucha vergüenza algo que habías escrito y te trató como si fueras Borges. No mintiéndote, sino reconociendo en vos el valor de dar ese salto de expresar una idea propia”

–El libro también reivindica la necesidad de reflexión sobre la práctica, frente al desgaste de la tarea cotidiana. ¿Qué condiciones debería crear la política educativa para que haya más instancias de reflexión?

–En primer lugar, cumplir con la ley. Si se cumpliera con la ley, el presupuesto sería otro. Garantizar salarios dignos que te permitan concentrarte más en las horas que tenés y no estar viendo cómo hacés para sumar más horas. Fomentar la formación bien entendida y espacios dentro de las escuelas donde estas discusiones se puedan dar.

Yo creo en una apuesta por la interdisciplinariedad, escuchar al otro, pensar tareas en conjunto entre las materias. Deberíamos aproximarnos a una visión más integral desde las instituciones, dentro de un proyecto educativo nacional. ¿Qué quiere decir esto? No una voz monocorde sobre qué pasado transmitir en la clase de Historia. Es increíble la fuerza que tiene esta idea de que la escuela construye ciudadanía y argentinidad. Uno podría discutir, en todo caso, qué entiende hoy por ciudadanía o por ser argentino. El lugar para discutirlo es la escuela. Pero eso tiene que estar dentro de un proyecto, no puede quedar librado a la buena voluntad de algunos.

Hay un deber básico generacional. Nosotros les tenemos que dejar a nuestros chicos un país mejor que el que recibimos. Lo que viene sucediendo hace décadas es que dejamos un país, en algunas cosas, cada vez peor. Si sos docente, trabajás para el futuro, con gente que está creciendo. ¿Les vas a dejar algo peor? ¿Somos una sociedad filicida, que engaña a los jóvenes? Ahí volvés a la empatía: ponerte en el lugar de los jóvenes supone entender su demanda de confianza, de reconocimiento. No está mal llevar esa discusión a la escuela, y que ellos te interpelen: ¿Y usted qué hace? Tenés que estar muy convencido de lo que hacés. Eso, para mí, es la épica.

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