Federico Malpica: “Necesitamos más trabajo colaborativo entre los docentes”

Una innovación pedagógica sostenible, basada en la participación del equipo docente y en el liderazgo de directivos con mirada estratégica, son algunas claves de la transformación educativa, sostiene el director del Instituto Escalae.

Para Federico Malpica, los procesos de innovación deben basarse en la participación de los docentes.

Federico Malpica es director general del Instituto Escalae para la Calidad de la Enseñanza-Aprendizaje, de España. Nacido en México, Malpica es doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. De visita en Buenos Aires, dialogó con Eduprensa sobre los desafíos en la formación continua de los docentes, el rol de los directivos y la importancia del trabajo colaborativo en la escuela. Además, defendió la necesidad de innovaciones pedagógicas “sostenibles” en el tiempo y protagonizadas por todo el equipo escolar.

–Juan Carlos Tedesco hablaba del divorcio entre la formación docente constructivista y la persistencia de una práctica más tradicional en el aula. ¿Cómo puede saldarse esa brecha entre la teoría y la práctica?

–La investigación que hemos venido realizando nos permitió identificar algunas cuestiones que pueden ser importantes para superar esta brecha. La primera tiene que ver con la “mochila” del docente: sus herramientas didácticas. Independientemente de los libros que lea, de los congresos a los que asista, de las formaciones en las que participe, cada uno enseña con lo que tiene en la mochila, es decir, con lo que sabe hacer en el aula. La mayoría de los docentes ha adquirido eso a través de la observación y la práctica: saben enseñar como les han enseñado. Pero en la mayoría de las capacitaciones docentes, ni hay observación ni hay práctica. Por lo tanto, el docente se queda con lo que ha aprendido a hacer desde que era pequeño. A diferencia de otras profesiones, cuando nosotros llegamos a la docencia llevamos miles de horas de observación de práctica, desde que éramos pequeñitos. Lo llevamos ya muy interiorizado y nos cuesta muy poco reproducirlo. Cuando llegan prácticas nuevas que se alejan de eso, nos cuesta mucho ponerlo dentro de la mochila. A menos que hubiera un proceso igual de observación y práctica.

La otra cuestión es que hay muy poca práctica colaborativa entre docentes. Muy pocas veces vemos a otro profesional actuar. Un profesional en cualquier otra área desarrolla competencias viendo a otros actuar. En cambio, la educación sigue siendo una de las profesiones más aisladas que existen. Parece mentira porque estamos rodeados de gente todo el día, pero cuando ejercemos la docencia estamos solos. No recibimos retroalimentación constante de la práctica, no dialogamos con otros sobre lo que hacemos en el aula. Cuando por fin nos reunimos, las reuniones se utilizan para hablar de los alumnos, de las familias, para preparar el próximo acto, para hacer catarsis, anécdotas varias… pero nunca para hablar de lo que hacemos en el aula. Entonces no contamos con esos espacios, esa observación o esa retroalimentación.

–¿Cómo se resuelve esto?

–Tendríamos que generar una formación que estuviera basada sobre todo en la observación entre iguales, en el diálogo y la práctica reflexiva. Después de un curso de formación, tendría que haber un seguimiento adecuado. Eso significa que los docentes tengan tiempo, espacio y soporte para hacer la transferencia a su clase. Si no existe eso, yo les digo a los equipos directivos: ahórrense la formación. Porque hacer la formación sin ese soporte posterior es echar el dinero a la basura. La formación no hace falta si no se le podrá dar un buen seguimiento entre pares. La verdadera formación docente es la que viene después del curso, entre colegas, revisando nuestra práctica, viendo lo que están haciendo otros, dialogando y aprendiendo unos de otros. El aprendizaje colaborativo es lo que nos puede sacar de este círculo vicioso. Para eso necesitamos generar en las escuelas dos estructuras. La primera: tiempo, espacio y soporte para dialogar sobre lo que hacemos en las aulas con un acuerdo previo. La segunda: estructuras de trabajo entre iguales, de observación de la práctica, de parejas pedagógicas, de revisión entre pares, de las que obtengamos material para poder dialogar y reflexionar sobre lo que estamos haciendo.

–¿Por qué es tan importante ese trabajo colaborativo entre docentes?

–Necesitamos esos espacios de manera regular, institucionalizada, periódica. Es tan importante como dar clases, como calificar exámenes, como planificar o como atender a las familias. Imaginemos que somos leñadores: si no nos damos un tiempo para afilar el hacha, y solamente cortamos árboles todo el tiempo, al final ya no cortamos porque el hacha no tiene filo. Este es un espacio para afilar el hacha. Nos lo tenemos que dar. Pocas horas pero bien aprovechadas en un curso escolar son suficientes para poder aprender cosas nuevas, para poder hacer la transferencia al aula. Sin ese espacio, la formación continua será siempre muy poco efectiva.

–En otras oportunidades has hablado sobre el “empoderamiento docente”. ¿A qué se refiere esa idea?

–Las prácticas educativas no se pueden imponer. Uno no puede llegar como director, pegar el golpe en la mesa y decir: ¡Esto se tiene que hacer así! Porque al final tendrás docentes que te dirán que sí, pero que luego irán a su clase, cerrarán la puerta y harán como toda la vida. Y como uno no puede estar de policía viendo qué hacen los docentes en el aula todo el tiempo, es imposible de controlar. Por lo tanto, eso no funciona. Lo que hay que hacer es ganar la voluntad de los docentes. ¿Cómo? Con la participación. A mayor participación de los docentes, más voluntad para el cambio. A menor participación en la decisión sobre lo que hay que hacer, en el diseño y la implementación, menos voluntad. En la mayoría de las escuelas, nunca nadie les pregunta nada a los docentes. Por lo tanto, no debe extrañar que haya poca voluntad para implementar las cosas.

En Escalae nos basamos en la alta participación de los docentes: ellos tienen que participar desde la definición del tipo de alumno que queremos formar. Desde la primera pregunta, que es qué queremos de nuestros alumnos cuando acaben la formación. Por eso hacemos lo que llamamos la “socialización del perfil de egreso”. Y ahí participa todo el cuerpo docente. Luego tienen que participar en el análisis de la realidad; cada docente hace un diagnóstico en primera persona sobre su práctica. Luego reunimos esa información y generamos un mapa de lo que ocurre dentro de las aulas. Luego se genera el plan, y eso sí lo hace el equipo directivo, pero cada acción de mejora es diseñada e implementada por el propio cuerpo docente. Son ellos quienes diseñan e implementan sus propios acuerdos metodológicos.

–¿Qué cualidades y habilidades debe tener un buen director en el marco de estos procesos de innovación?

–Históricamente les hemos pedido a los docentes que sean buenos aplicadores de recetas que a veces no vienen ni de la propia escuela, sino de fuera: de las editoriales, o del ministerio. El ministerio hace el currículum, las editoriales hacen los libros de texto, y ya todo llega preelaborado a la escuela. Un buen director tiene que ser una persona capaz de dar más autonomía a los docentes. Autonomía no significa simplemente laissez faire, es decir, que hagan lo que quieran. Autonomía significa que sean capaces de tomar decisiones sobre su propia práctica. Este tipo de directores abogan por un liderazgo más distribuido. En cambio, un director que es demasiado controlador, y que quiere tener la decisión de todo, ahoga la participación de los docentes.

Otra cualidad de un buen director es la visión estratégica: tiene que pensar en su escuela no a un año, ni a dos, sino a diez años. Si es un buen director, yo tendría que poder preguntarle “¿Cómo será tu escuela de aquí a diez años?”, y tiene que poder dar una respuesta pensada. Si no tiene ni idea, menos la tendrán los docentes, las familias, los alumnos… Y a río revuelto, ganancia de pescadores. Si los directores no tienen visión de largo plazo, entonces las editoriales nos pueden vender lo que sea. Total, da igual, porque no sabemos adónde vamos. Y por eso se empiezan a “comprar” en las escuelas un montón de métodos innovadores sin ton ni son. Este año vamos con una innovación, al año siguiente vamos con otra, y la de hace tres años la olvidamos. Al final, después de diez años, seguimos enseñando como toda la vida.

–¿Cómo lograr la sostenibilidad de las innovaciones?

–La innovación no puede funcionar como oleadas: un año una cosa, al siguiente año otra cosa diferente. Eso no es inocente: genera desgaste en la escuela y vacuna a los docentes contra la innovación. Por eso docentes que tienen mucha experiencia y años en esta profesión ya no quieren innovar: porque han visto pasar innovaciones que luego no se han mantenido. Una innovación pedagógica sostenible significa que, si vamos a invertir en hacer algo nuevo, eso tiene que tener un sentido, tiene que estar bien fundamentado, tiene que ayudar a que los alumnos se acerquen a ese perfil de egreso que hemos definido, y tiene que quedar a largo plazo.

Además, debe ser algo que hagamos todos. Debe haber una estructura de trabajo que permita que eso se convierta a mediano plazo en hábitos docentes colectivos. No se trata de hacer papeles ni documentos: eso lo hemos hecho toda la vida y seguimos enseñando como hace dos siglos. Se trata de generar hábitos docentes colectivos. Para eso, el director debe favorecer estructuras colaborativas, donde haya tiempos, espacios y soporte para hablar de la práctica, para poderse observar, para generar acuerdos metodológicos de todo el equipo docente; esa es la función básica de la dirección.

–¿Qué tan sostenibles son las innovaciones de docentes individuales?

–Cuando hablamos de innovación pedagógica sostenible, hablamos de que una masa crítica suficiente actúe de esta manera. Entonces sí que es sostenible en el tiempo: porque aunque algunos se vayan, sigue funcionando. El problema es que la mayoría de las innovaciones son cosas que hace alguien que se ha animado, y que por su cuenta y riesgo ha iniciado algo, que funciona muy bien mientras esta persona está en la escuela. Pero cuando esta persona se va, o se le acaba la motivación, eso se deja de hacer. Yo les digo a las escuelas: “Esto no es una innovación. Esto es una anécdota”. El alumno que pase por aquí lo disfrutará, pero el que no pase por aquí, se lo pierde. Encima a veces los llevan a congresos y lo presentan como una buena práctica. Sí, pero ¿cuántos de tus docentes hacen esto? Porque si solo lo hace esta persona, no deberías alardear. Solo podemos hablar de innovación si lo hace toda la escuela, porque es la única manera de garantizar que todos los alumnos y alumnas lo tengan. Esa es la innovación pedagógica sostenible: la de toda la escuela.

2 Comments

  1. Excelente entrevista!
    Coincido con lo que afirma el Dr Malpica en que los docentes tienen que compartir sus trabajos, trabajar en equipo, analizar y reflexionar sobre su desenvolvimiento en el aula y el de otros. Pero me parece que el ámbito docente no está preparado para esto, si uno quiere innovar en vez de acompañarlo, creen que quiere sobresalir, es por eso que lo hace pero en su clase…

  2. Muy clara las sugerencias y el contenido de la entrevista al Dr. Malpica mientras la leía me surgieron estos interrogantes con respecto a la visión dela escuela a largo plazo, en el siglo XXI cuál será el perfil del egresado a diseñar y cuales son los soportes de la practica para la reflexión colaborativa. Gracias

Su dirección de correo no será publicada.


*