Juan Carlos Tedesco, la medida justa

Juan Carlos Tedesco (1944-2017) fue uno de los pedagogos más prestigiosos de la Argentina. Entre 2007 y 2009 fue ministro de Educación de la Nación; antes había dirigido la Oficina Internacional de Educación de la Unesco. En este texto, Ivana Zacarias, que trabajó con él en la UNSAM, recuerda la humildad, generosidad y compromiso del maestro.

Juan Carlos Tedesco. Querido maestro

Recorro de un lado a otro la inabarcable biblioteca de su casa. Hojeo manuscritos: mis dedos llenos de polvo pasan páginas de documentos, libros, capítulos, revistas, leyes y declaraciones internacionales, entrevistas. Y archivos, diskettes, CDs, VHS, pendrives. Todos redactados, coordinados, dirigidos por Juan Carlos Tedesco, desde los setenta al mes pasado. En el centro del enorme anaquel, se destacan las extensas Obras Completas de Domingo F. Sarmiento: me pregunto, casi con desconcierto por la franqueza de mi duda, quién de los dos habrá escrito más. Con la rigurosidad de los que piensan sus tiempos, pero también con la pasión y efervescencia de los que no soportan mirar desde afuera.

En esa inmensidad, a un mes de su partida, me conmuevo una vez más al entender al lado de quién trabajé los últimos ocho años. Porque, en efecto, sentir el privilegio se me hizo –la mayoría de las veces– difícil. ¿Cómo dimensionar la grandeza de alguien que trabaja a la par de su aprendiz con el mismo entusiasmo y desprendimiento de quien está empezando?

Es que él reunía aquellos rasgos de los grandes maestros y de los grandes seres humanos, de aquellos que trascienden.

Mucho se habló de su humildad y capacidad de trabajo. En otras notas he remarcado la consistencia entre su discurso y la práctica: él quería una sociedad más justa y, consecuentemente, actuaba justicia a su alrededor. No es verdad de Perogrullo que la verdadera docencia es la que educa con el ejemplo.

Hasta el último momento, remarcó que él deseaba dejarnos una metodología de trabajo. De este modo, su manera de educarnos consistió, por un lado, en volver una y otra vez sobre pocos conceptos pero centrales y, por el otro, en desarrollar en nosotros hábitos concretos, determinadas capacidades: una forma particular de reflexionar y de intervenir sobre la realidad.

Esta forma de trabajo lo obligaba –otro ABC de la educación– a partir de nuestro marco cognitivo. “Es lo que hay”, solía decir. “Con esto, tenemos que trabajar”. Aquello sobre lo que escribía, eso sobre lo que nosotros (su equipo) debimos trabajar cuando interveníamos, eso también lo aplicaba al interior: se preocupó por conocernos profundamente y, desde allí, desarrollar en nosotros nuevas habilidades y facilitarnos distintas oportunidades.

Porque sí, confiaba en nosotros, individualmente y como grupo. Nos lo hacía saber y sentíamos eso –sobra evidencia acerca de la influencia positiva de las altas expectativas de los docentes sobre los resultados de sus aprendices–.

En esencia, su preocupación principal era crear equipos dentro de instituciones. Acaso por su propia experiencia personal, académica y política, así como por los orígenes de su ideología, temía por la emergencia de personalismos que socavaran los valores comunes y corroyeran los logros y acuerdos acerca de cómo progresar.

No con ingenuidad mencioné esta inquietud: miraba su trayectoria, la de cada uno de nosotros, desde la historia de su país. Y, desde esta perspectiva, también procuraba educarnos en el agradecimiento: no se cansaba de decir que él era producto de la educación pública. Del conurbano bonaerense, con un padre que apenas había terminado la primaria y que había fallecido en hospital público, y con una madre que no hablaba castellano. Sin hacerse eco de su mérito individual, explicaba su movilidad social como consecuencia de los ideales progresistas que ha abrazado la sociedad argentina durante buena parte de su historia. Del esfuerzo colectivo. “¿En qué otro país llega a ser ministro alguien como yo?”, se preguntaba.

Este conjunto de cualidades, por nombrar sólo algunas, lo definían como maestro. Más bien, como Maestro. Otras eran sus cualidades como pensador, intelectual y estadista, donde también con claridad se destacaba.

Quizás lo singular de su persona es que combina (“combina”, escribí: cómo cuesta el cambio) ambas facetas con coherencia. Uno se cruza con personas que son buenos jefes o docentes, pero tienen menos preocupación social. Otros tienen mayor sentido de la justicia social, pero son más mezquinos con sus equipos o exacerban su individualismo.

Juan Carlos era la medida justa.

La medida justa no sólo de lo que defendía sino de aquello a lo que una persona normal aspira a tener cerca. Tantos años –tantos años que hoy parecen demasiado pocos– de vernos a diario y de compartir todo: almuerzos, meriendas, desayunos y cenas; ideas y charlas, superficiales y profundas; trabajo y temas personales. Y jamás, nunca, ni por un segundo, sentir el hartazgo y decepción de las relaciones cercanas. Nunca un doblez, un reproche o una disonancia que le dieran a uno ganas de alejarse.

Al contrario: tal vez su flaqueza radicaba en que separarse de su entorno, seguir otros rumbos, era demasiado difícil.

Acaso por eso nos enseñó a irse él.

 

 

 

 

 

 

* Ivana Zacarías es magíster en Política Educativa Internacional por la Universidad de Harvard.
Desde 2009, trabajó en la Universidad Nacional de San Martín con Juan Carlos Tedesco.
Allí colaboró con él en su investigación “Educación y sociedad en América Latina”, entre otras, y fue
integrante del Programa del Mejoramiento de la Enseñanza que él creó y dirigía en dicha universidad.

 

 

2 Comments

  1. Ivana, ninguno de los muchos que han escrito -en los últimos dos meses- sobre Juan Carlos, sobre su obra, sus méritos, sus cualidades, sus facetas humanas y profesionales ha dado una imagen más acabada de quién era, de dónde venía y hacia dónde iba ese muchacho de barrio ( el “Bocha”, el maestro del Hogar de Ezeiza, de la Isla Maciel, el funcionario de Unesco, el profesor, el Ministro, el Dr. Tedesco…) el ser humano integral… que nos deja tanto…y se llevó tanto al partir…
    A mí también me cuesta hablar de él en pasado…
    Tus palabras, que está leyendo desde alguna parte, le gustan y lo emocionan como a mí. Gracias
    Nilda

    • No me digas que me está leyendo en algún lado, que lloro acá en la oficina adelante de todos! Ojalá todos los conozcan a través de los que podemos dar testimonio de él.:)

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