La biblioteca escolar, una invitación a leer para “levantar la cabeza”

El rol del bibliotecario ya no puede limitarse a facilitar material, a organizar y conservar libros: la biblioteca ya no es un espacio estático. El desafío, más bien, es acercar los libros a los estudiantes, para que descubran el placer de la lectura.

Para muchos niños y jóvenes, la biblioteca escolar ofrece la única oportunidad de comenzar un camino como lector, sostiene la autora, bibliotecaria en el Instituto Hogar de Niños Ramón Falcón.

I.

Un giratiempo es un elemento mágico. Quien sea poseedor de él tendrá la capacidad de retornar al pasado, de  volver a verse, quizás hasta de reinventarse. Tal vez lo conozcan. Todos aquellos que hayan seguido Harry Potter, la famosa saga literaria que comenzó a fines de los 90, sabrán cuánto le ha servido a Hermione Granger ser quien lo custodiaba. Un giratiempo para nuestra historia, para nuestros millennials,  dirán… Volver a aquellos tiempos en que las cosas eran distintas, mejores, como deberían serlo…

II.

Trabajo como bibliotecaria, en una escuela de la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Balvanera. Trabajo como bibliotecaria y en cada una de las estanterías que veo reconozco un giratiempo. Un cuento, una novela, algún poema que nos permite reconstruir nuestra propia historia, leer entre líneas; y es que tal como diría Michèle Petit, “los libros son también compañeros que consuelan, y en ellos encontramos a veces las palabras que expresan lo más secreto, lo más íntimo que hay en nosotros” (Petit, 2013). Sin embargo, en la actualidad, parecería que el tiempo no gira en favor de las historias escritas, aunque la página nos domine y nos conduzca con sus múltiples proyecciones. Pensemos en publicidades, carteles,  pizarrones de aulas, mensajes vía teléfonos móviles, blogs, notas, noticias, graffittis…

Ya todos lo sabemos. La biblioteca escolar como espacio destinado solo a organizar y conservar libros se ha resquebrajado. La biblioteca ya no puede, no debe ser estática. Obstinarse  en la reiteración de antiguas prácticas nos convierte en responsables de que numerosas obras sean condenadas a un pasado al que “no vale la pena volver”. Por el contrario, otro tipo de relato es el que cobra sentido y legitima su imperio, un relato audiovisual que se materializa de múltiples formas y, según cuál sea su corporeidad, podrá ser más o menos efímero, volátil, instantáneo, impulsivo, olvidable, pero más que nunca presente.

Como diría Michèle Petit, “los libros son también compañeros que consuelan, y en ellos encontramos a veces las palabras que expresan lo más secreto, lo más íntimo que hay en nosotros”

Somos los protagonistas de un mundo de pantallas, de información desbordante que no nos permite tomar un tiempo para respirar. La autoridad de la imagen nos cautiva y nos deja cautivos. Grandes y chicos, sin importar  origen, asisten al universo de las pantallas. Se estudia y se trabaja, se come y se duerme y mientras tanto se vive en una “realidad virtual”. Virtual es el “mientras tanto”, el encuentro con el otro que va desde la propia familia, amigos hasta, por ejemplo, el ámbito laboral. Esta lógica de relaciones “postergadas” en la que leo un mensaje y luego contesto, veo una serie, algún film y luego existo, no deja lugar para eso que Barthes llamaba “levantar la cabeza”:

“¿Nunca les ha sucedido, leyendo un libro, que han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de emociones, de asociaciones? En una palabra, ¿no les pasa eso de leer levantando la cabeza?” (Barthes, 1994)

III.

Una biblioteca escolar como horizonte cotidiano de las prácticas lectoras y  las vivencias de los estudiantes es aquella que genera respuestas; y tener una respuesta, aunque no sea la correcta, significa generar un vínculo. La biblioteca donde trabajo es un espacio donde coexisten talleres literarios, un pequeño equipo de edición, un ambiente para realizar tareas, una mesa de exploración, de intercambios de textos…  A la biblioteca no siempre se acercan jóvenes con prolongados itinerarios como lectores. A veces, son alumnos que solo vienen a hojear algunas páginas, encontrar una palabra, quedarse pensando y luego se van.

“¿Nunca les ha sucedido, leyendo un libro, que han ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de emociones, de asociaciones? ¿No les pasa eso de leer levantando la cabeza?”, preguntaba Barthes

En las bibliotecas donde trabajo, coordino una serie de talleres literarios, optativos y a contraturno; y ahora digo bibliotecas porque, si bien en una institución soy bibliotecaria, en otra me desempeño como profesora de Lengua y Literatura. Ambos espacios, de barrios vecinos, manifiestan un patrón común: reúnen estudiantes que, en muchos casos, no se conocen y que llegan a estas propuestas para compartir la palabra, para “levantar la cabeza”.

Es así, entonces, como “aprendemos a leer”, a recoger la experiencia del otro. La biblioteca como reveladora del valor de la palabra. Jóvenes que comparten la lectura propuesta, aun no siguiendo una lectura en sus casas, voces que se animan a dialogar sobre algún relato, alumnos que desean compartir textos de su autoría, largos, breves, acotándose a una consigna o lejos de ella, pero propios.

La institución escolar busca formar lectores y obliga a seguir recorridos literarios que, en muchas ocasiones, tienden a ser más metas lectoras que caminos de iniciación. Se genera frustración y es así donde  reaparecen los “salvapantallas”. Historias visuales que no dejan espacio para el “lecto-espectador”, largos monólogos, intercambio de palabras fragmentadas a destiempo. Sí, la pantalla nos permite, de alguna manera, el uso de un giratiempo, de trasportarnos a otro lugar, pero no nos brinda la opción del elegir ese espacio. Ya está dado. Por el contario, es a través de la lectura, aunque sea esporádica, que hallamos una experiencia irremplazable. Nos ayuda a construirnos, a imaginar otros mundos posibles, a soñar; a encontrar un sentido, la movilidad en el tablero de la sociedad, la distancia que da el sentido del humor; y a pensar, en tiempos en que escasea el pensamiento (Petit, 2013).

Es a través de la lectura, aunque sea esporádica, que hallamos una experiencia irremplazable. Nos ayuda a construirnos, a imaginar otros mundos posibles, a soñar; a encontrar un sentido

En estos espacios, me reúno con quien sonríe ante un verso o quien en tono confidente comparte su lectura, escucho alaridos literarios y descubro miradas de asombro. Es en la biblioteca donde  presencio experiencias de escritura que muchas veces están mitigadas por la institución: “Profe, ¿está bien?”, “Seguro que está mal”, “No sé escribir”, y en donde soy también protagonista de la felicidad de quien ha escrito algo y siente la valentía de leerlo.

IV

Hay algo que Graciela Montes ha llamado “la frontera indómita”. Es decir, aquel territorio propio de la cultura, de la literatura. “Una frontera espesa, que contiene de todo, e independiente: que no pertenece al adentro, a las puras subjetividades, ni al afuera, el mundo real o mundo objetivo” (Montes, 1999). No podemos habitarla, pero podemos acudir a ella, podemos protagonizarla. Uno de los grandes privilegios que tenemos como docentes es poder hacer ingresar la experiencia de nuestros alumnos a ese espacio fronterizo que muchos, sin éxito, tratan de domesticar. Una biblioteca escolar desborda de dichos espacios, pero llegar hasta ellos no es una tarea sencilla.

Cuando a Hermione Granger le fue dado el giratiempo, también le fueron dadas ciertas instrucciones: por cada vuelta que se le dé, será una hora de retroceso en el tiempo. Solo se puede regresar hasta el inicio del día y, una vez allí, se podrá permanecer hasta  cumplirse el horario en el que ha sido utilizado por primera vez. De no ser así, uno podría quedar atrapado para siempre en el tiempo y, de ser utilizado sin precaución, las consecuencias serían muy peligrosas.

Leer un libro es la posibilidad de acceder a ese giratiempo mágico.  Nos permite colonizar mundos posibles, reencontrarnos con nosotros mismos, rehacernos. La lectura es un refugio para esos tiempos difíciles, certeza en los trayectos más oscuros, es la palabra que estábamos buscando para darle sentido a la experiencia propia. La lectura nos conecta con la escritura, nos ayuda a objetivarnos como ciudadanos del mundo y nos brinda un espacio para dialogar con nosotros mismos y desde allí con los demás. Sin embargo, si ese libro no nos es mediado de manera adecuada, puede ser que quedemos para siempre atrapados en una experiencia desafortunada de la que no sepamos regresar.

La lectura es un refugio para esos tiempos difíciles, certeza en los trayectos más oscuros, es la palabra que estábamos buscando para darle sentido a la experiencia propia

La biblioteca escolar, para nuestros estudiantes será, en muchos casos, “la primera experiencia y/o la única posibilidad de experimentar la práctica cultural que implica ser lector de biblioteca” (Bajour, 2014). La única oportunidad de comenzar un camino como lector.

En un mundo donde no hay nada más accesible que aquel contenido visual que limita nuestra acción y nos obnubila, ¿cómo acercarse a esa lectura que nos posiciona como protagonistas, pero que requiere de tiempo, de eso que tanto nos falta o es inexistente para nosotros? Leer conlleva tiempo, sí, y también esfuerzo, pero claro está: la experiencia es irremplazable. Quien haya podido llegar al placer de la lectura, quien haya descubierto ese libro, sabrá que ya no hay vuelta atrás.

Como bibliotecarios, nuestro papel es fundamental. Podemos optar por ser meramente aquellos facilitadores del material requerido, hacer de la tarea una rutina, pero también podemos animarnos a hacer de nuestra rutina una verdadera tarea. ¡Qué privilegio! Vivir tiempos turbulentos es también tener la oportunidad de volver a comenzar.

Ojalá las bibliotecas escolares se hallen repletas de propuestas lectoras, desbordadas, y generen puentes, se armen de nuevos sentidos… Ojalá que las bibliotecas no solo acerquen material, sino también oportunidades, que sean medio y no simplemente fin. Ojalá quienes tengan el privilegio de ser bibliotecarios puedan descubrir el rostro de aquellos lectores que “levantan  la cabeza” por primera vez; porque seguramente, a todos lo que hoy somos maestros bibliotecarios, en algún momento,  nos ha sido revelada la epifanía del placer por la lectura. Tal vez sea cuestión de hacer uso de algún giratiempo para que, al volver al pasado, nos vuelva la certeza de regresar al futuro.

Sé el primero en comentar

Su dirección de correo no será publicada.


*