¿Un progreso al idiotismo?

Según el autor, la educación hoy enfrenta el desafío de guiar a las nuevas generaciones hacia un propósito personal y un sentido trascendente para sus vidas, mientras la "sociedad del rendimiento" les exige estar siempre ocupados y desconectados de sí mismos.

El multitasking podría verse como una involución de la especie humana, en detrimento de la concentración y la contemplación. Crédito: Serena Wong / Pixabay.

La educación viene a ser el tema central en el que tanto el Estado como la sociedad civil y las empresas (desde sus programas de RSE) ponen foco, pues los problemas que a ella refieren aparecen como la causa y consecuencia de muchos males sociales. Y seguramente todos estaremos de acuerdo en ese diagnóstico.

Ahora bien, me gustaría poner atención en el modo en que concebimos la educación: ¿es la instancia formal, obligatoria, por la que debo pasar para ser alguien en la vida? ¿es la formación para el mundo del trabajo? ¿Son las pruebas PISA? ¿Es el desarrollo integral de la persona en lo físico, mental e intelectual? Se define habitualmente a la educación como el proceso para el aprendizaje o la adquisición de conocimientos, habilidades y valores, pero no siempre queda en claro el para qué de ese proceso.

A veces pareciera que su fin es que los individuos “encajen” en la sociedad de acuerdo a una silenciosa dictadura del mandato cultural. Sin negar los aportes de la educación para la socialización y, si se quiere, para las competencias que exige el mundo de hoy, hay algo que debiera aparecer mucho antes: el conocimiento de uno mismo y la búsqueda del sentido de la vida; o bien, de un propósito personal más allá de la formación profesional o el trabajo. Dicho en otras palabras, se trata de empoderar a los educandos para no ser rehenes de una masa estereotipada que les dirá qué tienen que hacer para ser exitosos, como mandato externo, acrítico y uniformizador. Por eso me gusta preguntarme: cuando hablamos de educación y coincidimos a viva voz en que todos los problemas son problemas de educación, ¿en qué educación estamos pensando?

Sin negar los aportes de la educación para la socialización, hay algo que debiera aparecer mucho antes: el conocimiento de uno mismo y la búsqueda de un propósito personal.

Y como para todo en la vida, es menester encontrar el equilibrio y darle a cada cosa su lugar. Es tan necesario un enfoque técnico que contribuya a la profesionalización de la gestión educativa (con metodologías y políticas innovadoras), como una “educación para la vida” que permita promover la singularidad y la potencialidad de cada persona; que habilite una reflexión crítica y me ayude a discernir a qué me siento llamado o cómo desarrollar esa vocación única e irrepetible que me define.

Es que la incorporación de las nuevas tendencias, por las que nos obnubilamos cual recetas infalibles del progreso –que puede ser un “progreso al idiotismo”, señala Carlos Díaz–, suelen focalizarse en una mirada objetivista, estadística, cuantitativa. Quienes venimos de la comunicación decimos que “lo que no se comunica no existe” o que todo valor, para ser tal, tiene que haberse medido. Entonces se mide todo: la temperatura, la felicidad, el dolor, la popularidad y hasta el desempeño en aquello cuyo sentido se supone inconmensurable: en la meditación se miden las pulsaciones y habrá que ver si no han inventado ya la métrica para establecer el grado de profundidad para la contemplación estética o espiritual. “Sin embargo —señala Byung Chul-Han— la mera multitud de datos que se acumulan no responde a la pregunta: ¿Quién soy yo? El Quantified Self es también una técnica dadaísta que descompone al yo en datos hasta vaciarlo de sentido”.

La “sociedad del rendimiento”, a la que asistimos hoy, como la denomina Han, heredera de la (foucaultiana) “sociedad de control”, no es ya la de la explotación sino la de la depresión. Y cuanto más el mundo pareciera estar al alcance de nuestras manos, por las conquistas tecnológicas y de la información, sin embargo, más anestesiados parecemos, impotentes, frustrados. Estar ocupados, por otro lado (¿y estar ocupados en qué?, sería la pregunta) es el nuevo valor de prestigio ante la mirada de los demás. No obstante, esta hiperactividad suele desembocar en una hiperpasividad.

La incorporación de las nuevas tendencias, por las que nos obnubilamos cual recetas infalibles, puede significar un “progreso al idiotismo”.

Para Han esta apreciación es producto de un agotamiento espiritual y uno de sus síntomas es el del multitasking, que se presenta como la capacidad de hacer muchas cosas al mismo tiempo. En realidad, según el citado autor, se trata de una involución de nuestra especie. Es que el multitasking es una cualidad del reino animal. Los animales salvajes desarrollan esta capacidad como un sentido de alerta para detectar posibles depredadores. En cambio, las creaciones más importantes en la historia de la humanidad, más que del multitasking provienen de la concentración y la contemplación silenciosa. Y más acá, en términos personales, las decisiones que más valoramos de nuestras propias vidas son aquellas que pasaron por momentos reflexivos y no tanto de aquellos impulsos que realizamos por inercia.

Y volviendo a la educación, cuando ponemos todo el foco en la gestión, es decir en el hacer (o el multi-hacer), perdemos de vista el para qué de dicha gestión y quedamos dando vueltas en círculo hacia la nada. En este sentido, Carlos Díaz señala proféticamente: “Nos faltan maestros, sobran metodologías” y reflexiona sobre el valor testimonial del docente que busca desarrollar la potencia de sus alumnos para que alcancen la mejor versión de sí mismos. “Cuando aparece un maestro mío yo me doy cuenta de lo mucho que me he equivocado desde la última vez que lo he visto”, indica Díaz, quien completa: “Maestro es el que te hace ser magis, que te hace más, mejor persona y es magister si es minister, minus, servidor; si se hace menos para que tú seas más”.

En épocas en las que la concentración está jaqueada por las distracciones que hemos creado para estar más conectados con los demás, pero extraviados de uno mismo, es cuando más la educación debe guiar hacia un sentido trascendente. Este sentido apunta a la formación de personas críticas y conscientes sobre sus vidas, abiertas al encuentro con el otro y a desarrollar una vocación que será genuina en tanto contribuya al bien de los demás. Menudo desafío le endilgamos a la educación para salvarnos de un progreso sin dirección, un progreso al idiotismo.

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