Segregación educativa: la verdadera grieta argentina

Un estudio reciente de Natalia Krüger dimensiona la segregación en el sistema educativo a partir de distintos indicadores. En el país, un alumno de NSE alto tiene una probabilidad de 50% de encontrarse con otro estudiante de su mismo grupo social en la escuela. El riesgo: que se refuercen prejuicios, discursos meritocráticos y el rechazo a políticas redistributivas.

CRÉDITO: Pixabay

¿Cuántas posibilidades hay de que un chico pobre se siente al lado de un chico de clase media en el aula? ¿Cuáles son las probabilidades de que en una misma escuela se encuentren adolescentes pertenecientes a distintos niveles socioeconómicos?

La respuesta, para Argentina, es: muy pocas.

La segregación educativa es una variable que ha recibido menos atención que otras, como la calidad o la cobertura. Un país con alta segregación educativa es un país que no logra incluir efectivamente, aunque tenga a todos los alumnos en el aula: se trata de lo que el economista indio Amartya Sen denominó una “inclusión desigual”.

Un estudio reciente de Natalia Krüger, investigadora del Conicet y del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Nacional del Sur (UNS), pone el foco en la segregación educativa en Argentina e intenta dimensionarla.

Esas estimaciones muestran, entre otras cosas, que la Argentina presenta un sistema educativo mucho más segregado que los de países desarrollados (por ejemplo, aquellos que pertenecen a la OCDE). Al comparar con otros países latinoamericanos, el sistema educativo argentino se ubica cerca del promedio regional –en una región que se caracteriza por los mayores niveles de desigualdad del mundo–. En este sentido, en el sistema educativo se hacen evidentes los procesos de fragmentación social que la Argentina viene experimentando en las últimas décadas.

La Argentina presenta un sistema educativo mucho más segregado que los de países desarrollados. Al comparar con otros países latinoamericanos, el sistema educativo argentino se ubica cerca del promedio regional

La investigación de Krüger trabaja con tres indicadores que buscan estimar la magnitud de la segregación: el “índice de disimilitud”, el “índice de información mutua” y el “índice de aislamiento”.

FUENTE: Krüger, N. (2019). La segregación por nivel socioeconómico como dimensión de la exclusión educativa: 15 años de evolución en América Latina. EPAA/AAPE, Vol 27, N° 8.

El índice de disimilitud requiere dividir a la población en dos grupos: una minoría y una mayoría. Según explica Krüger, “su valor puede interpretarse como la proporción de estudiantes de la minoría que deberían ser transferidos a otras escuelas para alcanzar una distribución pareja o uniforme entre todas las escuelas del sistema educativo”.

Para la Argentina, los datos indican que, si consideramos como minoría al sector de más bajos recursos –según el Índice de Estatus Económico, Social y Cultural (ESCS) de la prueba PISA–, sería necesario desplazar al 45,9% de los alumnos desfavorecidos hacia escuelas de mayor estatus socioeconómico para lograr una “distribución pareja”. Cuando se considera como minoría al sector de mayores recursos –los de más alto ESCS según PISA–, la intensidad de la segregación se profundiza: habría que desplazar al 48,3% de los alumnos más favorecidos para que hubiera una distribución pareja en el sistema. La autora señala, de todos modos, que la magnitud de la segregación puede estar subestimada por la baja cobertura que tuvo PISA en la región (incluso en la edición 2012, cuyos datos toma Krüger para su investigación, ya que PISA 2015 tuvo una cobertura aún más baja en Argentina).

Al observar el sector de mayores recursos, la intensidad de la segregación se profundiza: habría que desplazar al 48,3% de los alumnos más favorecidos para que hubiera una distribución pareja en el sistema. Y la magnitud de la segregación incluso puede estar subestimada 

El segundo indicador que utiliza la investigación de Krüger es el índice de información mutua que, según explica la autora, está vinculado con el concepto de entropía: una medida de la incertidumbre en el valor de una variable aleatoria. Según señala Krüger, “en un sistema educativo dado, la incertidumbre con respecto a una característica Z –como el estatus socioeconómico, etnia o género– de un alumno elegido al azar se mediría por la entropía de la distribución de dicha variable en el sistema”. A mayor segregación, mayor reducción en la incertidumbre: conocer la escuela a la que asiste un estudiante permitirá “predecir” su estatus socioeconómico.

FUENTE: Krüger, N. (2019). La segregación por nivel socioeconómico como dimensión de la exclusión educativa: 15 años de evolución en América Latina. EPAA/AAPE, Vol 27, N° 8.

La autora descompone el índice de información mutua para entender cómo funciona la segregación entre sectores de gestión y entre niveles socioeconómicos. En Argentina, la mayor proporción de segregación (63,3%) se registra entre los estudiantes de bajo NSE y de alto NSE. También se observa una mayor segregación al interior de los grupos de alto NSE (21,2%) que entre los de bajo NSE (15,5%), lo que parece señalar una voluntad de autosegregación por parte de los sectores más privilegiados de la sociedad.

Al observar la segregación por sector de gestión –estatal y privado–, el estudio encuentra que hay altos niveles de segregación al interior del sector privado (0,240), pero también al interior del sector estatal (0,188). Es interesante que la segregación entre escuelas estatales y privadas es inferior a los valores mencionados (0,063): “La segregación total se origina mayoritariamente al interior de los sectores público y privado, siendo menos decisiva la distribución dispar entre ambas redes”, escribe Krüger.

La mayor proporción de segregación se registra entre los estudiantes de bajo NSE y alto NSE. Hay una mayor segregación al interior de los grupos de alto NSE que entre los de bajo NSE, lo que parece señalar una voluntad de autosegregación por parte de los sectores más privilegiados

Por último, la autora analiza el índice de aislamiento. Según este indicador, en Argentina un alumno de nivel socioeconómico bajo elegido al azar tendría una probabilidad de 38% de encontrarse con otro alumno de su mismo grupo social en la escuela. Esta probabilidad subiría al 50% si el alumno fuera del grupo de alto nivel socioeconómico.

“La escuela puede considerarse un espacio privilegiado para promover la socialización entre distintos estratos socioeconómicos, educando en el respeto y la igualdad. Sin embargo, la posibilidad de que la educación contribuya a construir una ciudadanía democrática se ve limitada en la mayoría de los países de la región, debido a la segregación social y académica de los estudiantes”, escribe Krüger, citando a su vez un estudio de Juan Eduardo García-Huidobro.

El fracaso de esa capacidad de la escuela de fortalecer la cohesión social se traduce en un refuerzo de las desigualdades. La autora menciona la influencia de ciertas características de la población escolar en el aprendizaje individual (el “efecto de los pares”): varias investigaciones han señalado que el NSE de los compañeros puede tener un efecto en los logros académicos, superior incluso al del propio origen social. “Así, el aislamiento de los sectores más vulnerables refuerza su desventaja inicial, ya que les impide beneficiarse de externalidades positivas por parte de sus pares. Por ello, en sistemas segregados suele haber una asociación más fuerte entre el NSE de los alumnos y sus logros escolares”, explica Krüger. Esto, a su vez, podría reforzar su exclusión de futuras oportunidades laborales y educativas.

El aislamiento de los sectores más vulnerables refuerza su desventaja inicial, ya que les impide beneficiarse de externalidades positivas por parte de sus pares. Por ello, en sistemas segregados suele haber una asociación más fuerte entre el NSE de los alumnos y sus logros escolares

A partir de los tres índices seleccionados, la autora concluye que “son los sectores más privilegiados quienes transitan por circuitos educativos socialmente más homogéneos, asistiendo probablemente a escuelas privadas más costosas o a escuelas públicas de elite”. Esta tendencia resulta “un obstáculo para que la escuela provea una formación en valores como la solidaridad, la empatía y la preferencia por la igualdad por parte de estos jóvenes, quienes podrían ocupar posiciones de poder en un futuro”. La consecuencia de la segregación escolar, sumada a la segregación residencial, es que los jóvenes más privilegiados “se formen sin un contacto cotidiano con pares de otros sectores sociales, lo cual podría reforzar el desarrollo de prejuicios y discursos meritocráticos, así como inducir al rechazo de políticas redistributivas”.

Aunque la segregación depende en gran medida de las características estructurales de la sociedad y la economía, distintos mecanismos propios de los sistemas educativos pueden ejercer una influencia, dejando margen para la política, plantea Krüger.

Combatir la segregación puede significar mejoras en la calidad, además de pasar de una inclusión desigual a una inclusión con equidad. La autora sostiene que lograr escuelas más integradas podría mejorar los logros de aprendizaje de los estudiantes más desfavorecidos: “Un primer paso en esta dirección podría ser asignar los mejores recursos materiales y humanos hacia las escuelas con mayores carencias, procurando mejorar e innovar en las prácticas educativas. Lo importante sería buscar que las escuelas donde asisten los sectores de bajos recursos se vuelvan más atractivas para las clases medias, sin que estas medidas compensatorias terminen estigmatizando a ciertas escuelas y reforzando la segregación”.

CONSULTÁ el estudio completo en la revista EPAA/AAPE.

Sé el primero en comentar

Su dirección de correo no será publicada.


*