Segura: Innovación y liderazgo, dos grandes desafíos para Latinoamérica

Juan María Segura acaba de publicar el libro "Yo qué sé recargado", en el que analiza los principales retos que enfrentan los sistemas educativos de la región. La incorporación de TIC para la personalización del aprendizaje, el liderazgo, la generación de consensos y la cultura de la rendición de cuentas aparecen entre las prioridades.

Juan María Segura es ingeniero y experto en innovación educativa.

Juan María Segura es experto en innovación y gestión educativa, presidente de la Asociación Civil Educación 137. Acaba de publicar el libro Yo qué sé, recargado. La educación de Latinoamérica en la encrucijada, donde analiza varios desafíos que enfrentan los sistemas educativos en la región.

–Este libro es una actualización de otro que publicaste hace 4 años. ¿Qué te motivó a retomar ese proyecto?

–Cuando yo escribí hace 4 años, a partir de experiencias personales de aula, de hablar con distintos actores, quería ayudar a organizar el debate en Argentina de cara a las elecciones de 2015. Me parecía que en ese momento era importante que se hablara de educación.

Ese libro fue leído por colegas de otros países de la región que me manifestaron interés, encontraron muchas similitudes en cuanto al diagnóstico que yo realizaba para Argentina. Entonces pensé que podía ser interesante actualizarlo, ver qué pasó en estos 4 años. En general, todos los procesos vinculados con la tecnología y flujos de información se aceleraron. Todo se hizo más exponencial, más interactivo, más virtual. Además, este nuevo libro busca ampliar el debate a Latinoamérica, sabiendo que es un territorio complejo y heterogéneo. Me pareció importante trazar 4 o 5 ejes para encontrar similitudes entre lo que le pasa a la política en Colombia y en Argentina, cómo reacciona el empresariado en Brasil y en Perú, etcétera.

–Uno de los capítulos reseña varios casos de innovación de diferentes países latinoamericanos. ¿Qué elementos comunes encontrás en esos procesos innovadores?

–En todos casos, lo primero que encuentro es una familiarización muy natural con las tecnologías de la información y la comunicación. En todos los casos estás hablando de instituciones que tienen un alto componente de tecnologías educativas.

El caso de Tu clase tu país (Chile) corre todo en la web. Duolingo (Guatemala) y Open English (Venezuela) también. Digital House (Argentina) es una falla de mercado: son personas idóneas de una industria que no tiene suficiente formación, que se fueron un paso para atrás y empezaron a armar ellos la propia formación. En las escuelas Innova de Perú también tenés muchísima tecnología pensada para que el chico elija su trayecto, igual que en las escuelas Lumiar en Brasil. Tenés mucha tecnología pero naturalizada, que no corre del eje. Y el eje es que los aprendices tengan mejor calidad de aprendizaje.

Creo que esos casos han logrado, incorporando la tecnología, que las instituciones no hagan un “elogio a la tecnificación”, sino que la tecnología los ayuda para apuntalar procesos que tienen que ver mucho más con la personalización de los aprendizajes y con la elección de cuándo y cómo aprender qué contenidos.

–¿Qué lugar sigue ocupando el liderazgo humano, en un contexto de fuerte presencia de la tecnología?

–Estamos viviendo un momento de gran desconcierto. La educación está tratando de reencontrar su significado. Y creo que cuando te lanzás colectivamente a ese debate, es medio anárquico si vos no tenés buenas prácticas de liderazgo, porque muchos espacios de discusión y experimentación tienen que tener un liderazgo particular. No se dan solos, espontáneamente.

Mi definición personal de liderazgo es que el líder es un elaborador, un fabricante de tres cosas: crea espacios donde mucha gente se compromete colectivamente, crea equipos de trabajo y crea impactos. Creo que la educación necesita eso: lugares desde donde se pueda trabajar de una manera honesta, activa y experimental. Me encantaría que esos lugares fuesen las comisiones que hay en los órganos colegiados de toma de decisiones, pero no está ocurriendo así, entonces hay que crearlos. Me encantaría que hubiera equipos de trabajo que estuviesen adecuadamente coordinados en esta tarea, pero no los ves en las escuelas, porque están tapados por el día a día; no los ves en los padres, que están esperando que otros hagan algo; tampoco en los ministros y sus equipos directos, que tienen una agenda muy politizada… Entonces, ¿dónde se crea ese lugar?

“El líder es un elaborador, un fabricante de tres cosas: crea espacios donde mucha gente se compromete colectivamente, crea equipos de trabajo y crea impactos”

El líder ocupa un lugar determinante. No como un visionario del mundo al cual nos debe conducir, sino como un habilitador de espacios desde donde hay que pensar un sistema nuevo. Me parece que hoy no hay liderazgo, la sociedad recarga demasiado las tintas sobre la figura del ministro en términos institucionales. Pero no es esa su agenda y, aun si lo fuese, es tan compleja la normativa que opera sobre el sistema, que no sé cuánto podría generar esa transformación, o en cuánto tiempo.

En el caso de las iniciativas innovadoras que mencionábamos antes, los fundadores son grupos de personas que han creído en un proyecto, que se han ocupado de convencer a terceros, que han abrazado la época, que han discontinuado otras actividades o tareas en las que estaban involucrados para llevar adelante esto. Algunos llevan años haciéndolo. Yo creo que lo están haciendo con un fuerte liderazgo, generando una visión compartida, habilitando a otros actuar.

–Tu preocupación es aportar al debate educativo en un año de elecciones. ¿Qué actores deberían participar de ese debate?

–Creo que tenemos un antecedente cercano, bastante interesante, que ocurrió en Panamá. Panamá en un momento coincidió en este diagnóstico y dijeron: hay que repensar la educación. Se armó durante dos años un proceso en el que identificaron 8 grupos de interés: los padres, los sindicalistas, la política, los docentes, los alumnos, los empresarios, etcétera. Durante dos años, a través de una metodología de moderación hecha por un agente externo, se dedicaron a armar una propuesta de reforma del sistema educativo. Participaron todos estos actores, guiados por un proceso, alentados por el interés genuino de una ministra de Educación que quería que eso terminara en una propuesta de calidad.

Muchas veces lo que no discutimos en Argentina es cómo diseñar procesos de debate y de generación de consenso. Los que ocurren en general son una puesta en escena. Yo participé en uno, de creación de una universidad, escuchando a personas, y se sabía que el proyecto madre no se iba a transformar. Entonces, ¿para qué existía ese mecanismo? ¿Para que el que viene y habla se enoje más, si nada de lo que te diga lo vas a tomar como insumo?

Es sumamente importante es ser paciente, y armar un proceso bien coordinado y adecuadamente liderado, en el que puedan participar todas las voces que sean necesarias: el experto, el político, el grupo de padres y madres, y que finalmente todos entiendan que el proceso es de genuina co-construcción. Así llegamos al núcleo del siglo XXI: la co-construcción, la construcción colaborativa. El caso Duolingo es eso: son comunidades de construcción de lenguaje. En Argentina tenemos poco consenso porque no hay diseño de procesos que lo generen. En los países donde esto se lleva adelante, funciona.

“Muchas veces lo que no discutimos en Argentina es cómo diseñar procesos de debate y de generación de consenso. Los que ocurren en general son una puesta en escena”

–Este año hay elecciones presidenciales. ¿Qué debería hacer una buena gestión educativa en los próximos 4 años?

–Creo que estos 4 años de gestión a nivel nacional nos dejan una política educativa de extraordinaria utilidad: el operativo Aprender. Me parece que la idea de producir información de carácter censal en forma anual en el sistema educativo es fundamental. Eso no se debería discontinuar, gane quien gane. Ahí yo tengo un pequeño temor: en el primer operativo Aprender se tomaron 1.300.000 pruebas y se evaluaron 4 contenidos distintos en 4 ciclos académicos distintos. En la de este año fue un solo ciclo académico, y solo dos contenidos. Lo que mostró ese primer operativo fue mucho pus: un sistema educativo fagocitado, mal administrado, en el que los chicos aprendían poco, aunque al sistema se le asignaban cada vez más recursos. Creo que lo que quedó de valioso de estos 4 años de gestión es el operativo Aprender. Ahora hay que transparentarlo, hay que derogar el artículo 97 de la Ley 26.206, que impide ver los resultados por escuela. Ese debate no debería ser complicado. ¿Cómo no vamos a poder saber cómo se compara mi escuela con otra?

También hay que trabajar sobre medición de impacto en aprendizajes de todas las iniciativas que se están llevando adelante en distintas jurisdicciones. Tenemos que hacer de los datos una revolución de la medición. Tenemos que lograr medir si lo que estamos haciendo le sirve a alguien. Porque si no sirve, tenemos que hacer otra cosa. Lo que no podemos hacer es impulsar iniciativas sin saber si lo que estamos haciendo es útil o no, porque esos recursos que estamos utilizando tienen miles de usos alternativos, dentro de la educación o en otras áreas de gobierno.

La política de evaluación se tiene que profundizar para que derive en una nueva cultura: la cultura del accountability. Poder verificar si quienes tienen a cargo la responsabilidad de gobernar la educación, lo hacen adecuadamente. Espero ver algo de esto en el debate educativo de esta campaña.

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