Universidades inclusivas para adultos mayores

A pesar de que se insiste en la importancia del aprendizaje a lo largo de toda la vida, los adultos mayores no suelen encontrar lugar en las universidades. Mientras la expectativa de vida se sigue extendiendo, el sistema universitario argentino enfrenta el desafío de desarrollar estrategias específicas y formatos adecuados para la tercera edad.

FOTO: jankosmowski / Pixabay

¿Por qué, a medida que aumenta la expectativa de vida, nos parece normal que una persona de 60 o 65 años esté trabajando, pero nos parecería raro verla cursando alguna materia en la universidad? A pesar de que desde hace décadas se insiste en la importancia del aprendizaje a lo largo de toda la vida, en general lo que sucede es que hacerlo operativo pareciera depender, al menos en nuestra zona del mundo, fundamentalmente de iniciativas individuales de adultos mayores que cuentan con recursos materiales, cognitivos y simbólicos.

La educación está estructurada, comúnmente, de modo tal que la escuela es la institución de referencia durante la etapa obligatoria (inicial, primaria y secundaria), hasta los 18 años de edad de una persona. La universidad, por su parte, se hace cargo de la segunda etapa formativa, que en general va de los 18 a 25 años para las carreras de grado y hasta, como máximo, los 45 años para los posgrados. La expectativa de vida se ha venido extendiendo y, a los 50 años, a una persona le quedan, con probabilidad creciente, varias décadas de vida, durante las cuales el conocimiento cambiará cada vez más rápido.

Naturalmente, la universidad parecería ser el ámbito para innovar en este sentido, y de hecho en otras partes del mundo desde hace décadas se están implementando programas sumamente interesantes. El movimiento de las Universidades por la Tercera Edad (U3A), por ejemplo, nació en 1973 en Francia y enseguida se propagó a Gran Bretaña. En aquel momento, se partía del supuesto de que, después de una vida de trabajo full-time y de responsabilidades parentales, las personas tenemos algo más con qué contribuir a la sociedad. El modelo continuó en países de Europa oriental como Polonia y Checa, e incluso Rusia.

El movimiento de las Universidades por la Tercera Edad nació en 1973 en Francia. Se partía del supuesto de que, después de una vida de trabajo full-time y de responsabilidades parentales, las personas tenemos algo más con qué contribuir a la sociedad

Hace casi 40 años, China se adelantó a este tema y desde entonces sus universidades han desarrollado más de 70.000 cursos para adultos mayores; en 2017, se graduaron de ellos 8 millones de personas. Para tener una idea, el rango de edad en la Universidad de Shanghai para la Tercera Edad va de 65 a 70 años.

Desde hace más de diez años, las escuelas de Educación y de Gobierno de la Universidad de Harvard crearon conjuntamente un programa altamente selectivo, la Advanced Leadership Initiative, dirigido a personas que, habiendo obtenido logros demostrables a lo largo de su carrera profesional, quieren formarse para hacer contribuciones en su comunidad durante la tercera etapa de sus vidas. Durante su año en Harvard, los seleccionados pueden tomar cursos de grado y posgrado, mientras que desarrollan un proyecto personal y participan de cursos especialmente diseñados para personas de ese perfil etario.

Hace poco, la Universidad de Singapur anunció una política extraordinaria para un país con un sistema de ingreso universitario restringido: sus graduados podrán permanecer inscriptos hasta 20 años después de su primera inscripción y tomar cualquiera de los cientos de cursos que imparte la universidad.

Para potenciar recursos e iniciativas, se formó la Red Global de Universidades Inclusivas para el Adulto Mayor, integrada por universidades de Estados Unidos, Canadá, Asia y Europa. Están guiadas por el fomento de múltiples actividades para el adulto mayor en la universidad, el valor del aprendizaje intergeneracional, la importancia de reconocer las necesidades de cualquier tipo de adulto mayor (tanto el que abandonó la escolaridad en su etapa inicial como quien tiene doctorado o más), la longevidad y el envejecimiento de las sociedades como parte de la agenda de investigación, la promoción de la participación de los propios jubilados de la universidad, el diálogo con otras instituciones expertas en estos temas.

Las universidades chinas han desarrollado más de 70.000 cursos para adultos mayores; en 2017, se graduaron de ellos 8 millones de personas. Para tener una idea, el rango de edad en la Universidad de Shanghai para la Tercera Edad va de 65 a 70 años

Las necesidades o motivaciones de formación en un adulto mayor pueden tener distintos orígenes. Puede simplemente querer actualizarse en su área de expertise (dos o tres décadas de trabajo en un espacio muy específico de su profesión puede hacer a la persona idónea en ese campo delimitado, pero ignorante de otros aspectos de su disciplina que han ido evolucionando con el tiempo).  Una segunda motivación puede ser la implementación de proyectos en áreas en las que no fueron originalmente formados; hay gente que se jubila de sus empresas o espacios en donde han tenido relativo éxito y desean, por ejemplo, apoyar algún proyecto filantrópico o incluso desarrollar el propio, pero no tienen los conocimientos necesarios para hacerlo. Una tercera razón puede ser, simplemente, saldar cuentas pendientes: ¿cuánta gente estudió una carrera porque “se lo dijeron”? ¿Cuántos prefirieron una salida laboral asegurada antes que seguir su vocación? Un tema no menor es que también los adultos quieren tener espacios para socializar con otros pares que tengan sus mismos intereses.

Por otro lado, la ciencia ha demostrado que las personas efectivamente tenemos la capacidad de adquirir nuevas habilidades a lo largo de toda nuestra vida, en particular si estamos mentalmente activos.

Lo asombroso es que, a sabiendas de estas tendencias en el mundo −de las que Argentina no es ajena− no exista una institución que convoque a este grupo de la población, mucho menos que diseñe programas circunscriptos a sus necesidades, es decir, que incluyan tanto estrategias pedagógicas específicas para adultos mayores como formatos que dependan menos de las acreditaciones, que suelen ser más necesarias durante las primeras etapas de formación profesional (está claro que difícilmente alguien en sus 60 años, por ejemplo, tenga incentivos para inscribirse en una maestría o especialización, mucho menos en una carrera de grado).

Hace algunas décadas menos, la mayoría de los estados de Estados Unidos ha venido ofreciendo reducción del precio de la matrícula universitaria para todos los jubilados que quieran inscribirse en algún curso; sin embargo, estudios muestran que el éxito del programa ha dependido de la presencia de acompañamiento y de implementación de estrategias pedagógicas específicas. La existencia de oferta, por sí sola, no garantiza que cualquier persona se matricule en un programa y, muchos menos, que aprenda. Es necesario diseñar un conjunto de estrategias que apunten a incluir y optimizar la participación del adulto mayor en la universidad.

Una razón puede ser, simplemente, saldar cuentas pendientes: ¿cuánta gente estudió una carrera porque “se lo dijeron”? ¿Cuántos prefirieron una salida laboral asegurada antes que seguir su vocación? Un tema no menor es que también los adultos quieren tener espacios para socializar con otros pares que tengan sus mismos intereses

Sin dudas, en Argentina existe potencial no sólo para el desarrollo de programas dirigidos a la tercera edad sino para repensar la función de la universidad desde esta perspectiva, e incluso liderar la agenda en toda la región. La edad jubilatoria oscila en los 60-65 años y la expectativa de vida sigue en crecimiento, acercándose −en promedio− a la de los países desarrollados (es más: según análisis del Institute for Health Metrics and Evaluation, para 2040 podría ser de 84 años).

Es cierto que parte de la función de extensión universitaria ha incluido e incluye, en el caso de muchas universidades, programas dirigidos a jubilados y adultos mayores en general. También es cierto que existen múltiples plataformas virtuales (como Coursera, EdX o Udacity) a través de las cuales cualquier persona, independientemente de su edad, puede complementar su formación o empezar a formarse en un área completamente nueva, en universidades de renombre del mundo y, en su mayoría, de manera gratuita.

Sin embargo, en sociedades que en los próximos años apuntan a ser esencialmente viejas, es imperioso cuestionarse si los espacios formativos de la mayoría de sus ciudadanos tienen que orbitar alrededor de las ofertas tradicionales o si, por el contrario, pueden convertirse en parte constitutiva de un nuevo modelo de formación, no sólo para los mayores sino (y, acaso, fundamentalmente) para las nuevas generaciones. Los cambios sociodemográficos que se están dando en el mundo, y a los cuales el país no escapa, imponen la necesidad una transformación profunda en la relación de la universidad con quienes tienen, aun jubilándose de su primera profesión, varias décadas de vida potencialmente productiva por delante.

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